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Especialistas en Biocibernética y Nutrición Ortomolecular

EL ABUSO DE BEBIDAS CON GAS -SOBRE TODO DE COLAS- PERJUDICA SERIAMENTE LA SALUD

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 Las llamadas bebidas carbonatadas o con gas tienen tal éxito -en especial las que contienen cola- que por sorprendente que pueda parecer son los únicos líquidos que ingieren a lo largo del día millones de niños y adolescentes de todo el mundo.

 

En muchos casos han sustituido pues hasta al agua, imprescindible para la vida. Y eso a pesar de que desde hace años un número cada vez mayor de expertos se atreven a desafiar a la todopoderosa industria advirtiendo a los consumidores de que los populares refrescos con burbujas no son inofensivos.

 

De hecho numerosos estudios han logrado demostrar que la obesidad infantil, la descalcificación de los huesos y la aparición de caries en la primera dentición así como afecciones cardiovasculares, problemas de memoria y trastornos musculares son algunas de las patologías cuyo desarrollo es favorecido por el consumo -siquiera moderado- de tales brebajes.

 

Cada vez más niños prefieren los refrescos con gas a cualquier otra bebida y sus padres se los dan sin duda sin saber que tal elección puede acarrear nocivas consecuencias para su salud a corto y largo plazo.

 

Y es que estas bebidas -que en las dietas de los más jóvenes sustituyen incluso al agua- no son tan inofensivas como se cree por lo que algunas voces expertas empiezan a proclamar la necesidad de que se limite o incluso prohíba su ingesta especialmente en edades tempranas para evitar en lo posible la aparición de las enfermedades y trastornos que de forma cada vez más clara se están relacionando con el consumo de estos líquidos carbonatados.

 

Y es que, no se engañe, un refresco con gas no es más que agua, anhídrido carbónico, azúcares o edulcorantes artificiales, agentes aromáticos y otros aditivos como la cafeína, el ácido fosfórico o el glutamato monosódico (potenciador del sabor).

 

Es decir, no aportan beneficio nutricional alguno a quien los consume pues no contienen vitaminas, ni minerales, ni proteínas ni ningún otro nutriente a excepción de la sacarosa o azúcar blanca, responsable en buena medida de sus nocivas consecuencias para la salud.

 

En suma, el consumo de bebidas con gas contribuye más bien a generar problemas de salud -más o menos graves- como veremos a continuación.

 

Y sirva como adelanto que según un informe publicado hace ya varios años en Archives of Pediatric and Adolescent Medicine por investigadores del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Atlanta (Estados Unidos) los niños que toman habitualmente bebidas carbonatadas tienen más posibilidades de sufrir graves carencias nutricionales ya que padecen mayor incidencia de falta de calcio, magnesio, hierro y vitaminas A, B y C, entre otras sustancias fundamentales para el correcto funcionamiento del organismo.

 

En concreto, sobre los refrescos de cola, José Antonio Campoy, explica en su obra La Dieta Definitiva que “además de gas y azúcar llevan por lo general -de media- 20 mgs. de cafeína y 100 mgs. de ácido ortofosfórico por botella pequeña.

 

Además de teobromina, un alcaloide similar a la cafeína.

 

Pues bien, de lo dañina que es la cafeína ya hablamos en otro apartado; y en cuanto al ácido ortofosfórico cabe decir que puede desequilibrar la relación calcio-fósforo de los alimentos impidiendo la fijación del calcio en los huesos.

 

Puede incluso provocar -o empeorar- la osteoporosis.

Ello sin mencionar las posibles toxinas de los elementos químicos que entran en su composición.

 

De hecho se sabe que las colas inhiben las secreciones biliares -de ahí que algunos médicos las recomienden para cortar vómitos y diarreas- y alteran la flora bacteriana. Por eso a muchas personas -especialmente a los niños- les provocan estreñimiento. También se conocen casos de niños que abusaban de las colas y sufrieron convulsiones musculares -en unos casos- o debilidad en la columna vertebral -en otros”.

 

POCO SALUDABLES Las estadísticas a nivel mundial son impresionantes. Sólo en Estados Unidos se consumen al año más de 60.000 millones de litros de estas bebidas y en todo el mundo se beben 54.000 botellas del más popular refresco de cola ¡cada segundo! Y por esa tendencia a imitar todo lo que procede de la cultura norteamericana en sociedades como la nuestra el consumo de refrescos con gas gana adeptos de manera exponencial.

 

Mimetismo que no pasaría de ser un asunto meramente cultural si la ingesta de tales líquidos no llevara aparejados riesgos ciertos para la salud de los consumidores. Y es que los componentes de estas bebidas las convierten en auténticas bombas para la salud.

 

Un asunto grave porque hoy día muchos niños y jóvenes son auténticos adictos por su dulce sabor, por la capacidad adictiva de alguno de sus componentes y por los continuos impactos publicitarios que reciben de este mercado.

 

¿Y a qué se deben esos riesgos para la salud de los que hablamos? Pues al cóctel de sustancias que contienen tales productos. Y es que además de agua los refrescos con gas contienen normalmente:

 

ANHÍDRIDO CARBÓNICO También llamado dióxido de carbono (CO2). Se produce en la respiración de los seres vivos, por combustión de sustancias que contienen carbono, por la fermentación de la masa del pan o por las fermentaciones que dan lugar al vino, la cerveza o la sidra.

 

Este gas -inodoro e incoloro- es el que aporta el efervescente burbujeo característico de las bebidas carbonatadas. Para gasificar estas bebidas lo que se hace es añadir el gas carbónico al jarabe líquido formado por agua, azúcar, saborizantes, acidulantes, aditivos y conservantes que constituyen la base de cualquier refresco.

 

Esta mezcla es conducida a grandes contenedores en los que -a baja temperatura y a varias atmósferas de presión- el gas es inyectado a través de los milimétricos orificios que tienen los miles de tubos que componen dichos contenedores. De esa forma el anhídrido carbónico aporta las burbujas necesarias para producir la refrescante sensación propia de estas bebidas gaseosas y su leve escape por el repentino cambio de presión es el sonido burbujeante que oímos al abrir una lata o una botella de estas bebidas.

 

El problema es que aunque es cierto que ese gas estimula la secreción de jugos gástricos también produce una cierta distensión gástrica por lo que el apetito disminuye y ello da lugar a un menor consumo de alimentos realmente necesarios para la salud.

 

Además las personas que presenten problemas de aerofagia o meteorismo no deberían ni probar las bebidas gaseosas ya que empeorarán sus síntomas (gases, dolor gastrointestinal, hinchazón abdominal, etc.).

 

Cuando uno de esos refrescos con gas se ingiere frío la temperatura interior sube al menos 15 grados y entonces el anhídrido carbónico se libera produciendo un aumento de la presión en el estómago y los intestinos que el cuerpo trata de liberar de inmediato por el dolor que produce.

 

Es más, la presión del gas infla el abdomen como un globo que debe expulsarse porque nuestro sistema digestivo produce ya alrededor de 14 litros de gas diariamente en los procesos biológicos.

 

Y hay más: el gas puede provocar gastritis y se sabe que acidifica las bebidas a las que se agrega; de hecho tienen un pH promedio de 3,4. Un nivel ácido tan fuerte que puede afectar no sólo al esmalte de los dientes sino a todo el organismo.

 

Recordemos que la acidificación celular se ha relacionado científicamente con numerosas enfermedades. El cáncer, por ejemplo, sólo se desarrolla en medios ácidos.

 

AZÚCAR Estas bebidas son también una de las principales fuentes de azúcar añadida, un potencial generador de enfermedades.

 

Por ejemplo, se considera evidencia sólida y científica -demostrada incluso por expertos de la prestigiosa Universidad de Harvard (Estados Unidos)-que el consumo de estos líquidos multiplica el riesgo de padecer obesidad infantil.

 

Tanto se ha estudiado esa relación -consumo de refrescos-obesidad infantil- que los especialistas se han atrevido incluso a poner cifras. Así, estiman que la ingesta de estas bebidas cuando llevan azúcar multiplica ¡por seis! el peligro de desarrollar obesidad.

 

Y que tomar una lata de 33 centilitros de cualquier refresco azucarado con gas es como ingerir un vaso de agua con 3 o 4 sobres de azúcar disueltos en ella. Además se da la circunstancia de que estas bebidas contienen glutamato monosódico (E-621), un potenciador del sabor que incrementa la voracidad hasta en un 40% del que luego hablaremos. Por otro lado conviene recordar que el azúcar es un ladrón de vitaminas A y C así como del grupo B, especialmente las B1, B2 y B3.

 

Con las graves consecuencias que la falta de esos nutrientes puede acarrear para la salud, algo que José Ramón Llorente, presidente de la Sociedad Española de Nutrición Ortomolecular, lleva años analizando pormenorizadamente en estas mismas páginas. Y es que, según él, un déficit de vitamina B1 o tiamina provoca trastornos psíquicos y de memoria, alteraciones en el metabolismo del sistema nervioso y dificultades para procesar la glucosa (y, por tanto, alteración de las facultades mentales); un déficit de vitamina B2 o riboflavina trastornos de la respiración celular y, como consecuencia, alteraciones de todo tipo (retardo en el desarrollo y crecimiento, afecciones cutáneas, problemas estomacales, etc.); un déficit de vitamina B3 o niacina afecta a la producción de energía, al buen estado los tejidos y mucosas del sistema digestivo, a la circulación, la presión arterial, la síntesis de hormonas sexuales, la elaboración de cortisona, insulina y tiroxina y la buena salud del cerebro y del sistema nervioso porque colabora -entre otras cosas- en la síntesis de algunos neurotransmisores implicados en el sueño y para reducir los niveles de colesterol y de triglicéridos.

 

Por su parte, un déficit de vitamina A puede ser causa de ceguera nocturna, deshidratación y degeneración de la córnea así como de úlceras, formación de cálculos renales, piel áspera, seca o prematuramente envejecida,.debilidad ósea y dental, desprotección ante infecciones, pérdida del sentido del olfato y diarreas, entre otros problemas. Y el déficit de vitamina C, entre otras dolencias, problemas circulatorios, dificultades respiratorias, mala digestión, baja resistencia a las enfermedades, hinchazón de articulaciones, lenta curación de las heridas, mayor virulencia de las alergias y, en deficiencias muy graves, escorbuto.

 

Por otro lado, muchos dentistas pediátricos están constatando el aumento del número de caries entre los consumidores de bebidas ricas en azúcar. Incluso ¡en la primera dentición!, lo que perjudica -huelga decirlo- a la dentición definitiva.

 

De hecho ese riesgo, el de la formación de caries, es el único aceptado por las empresas que producen estas bebidas.

Y es que es tal la nocividad del azúcar para el organismo que el doctor Yudkin, del Instituto Científico para la Nutrición de la Universidad de Londres, asegura que su consumo excesivo -como es el caso de las personas que ingieren habitualmente refrescos con gas azucarados-es la primera causa de infarto de miocardio, por encima de la ingesta de grasas.

 

Otras investigaciones confirman la estrecha relación entre azúcar refinada y la predisposición a la parálisis infantil, la irritación de las mucosas, la diabetes, la colagenosis, el estreñimiento, las enfermedades circulatorias y numerosos trastornos metabólicos además de la ya citada obesidad. José Antonio Campoy agrega a lo ya dicho en su libro la Dieta Definitiva que el azúcar “puede provocar problemas cardiovasculares (bien por una ingesta excesiva de azúcar sola, bien con un consumo moderado si se ingiere con alimentos grasos), un ensanchamiento del hígado y de los riñones (al menos, así ha ocurrido en experimentación con animales) y el aumento del nivel de insulina en sangre así como de hormonas corticoadrenales y una menor densidad de los huesos en los niños durante la crucial etapa del crecimiento”.

 

Y en este sentido explica: “El Instituto Patológico de la Academia de Medicina de Osaka (Japón) investigó durante 10 años con conejos jóvenes a los que añadió en su alimentación una cierta cantidad de azúcar.

 

Pues bien, a los cinco meses su sistema óseo se veía afectado por fracturas espontáneas y los huesos se doblaban estando tan débiles que podían cortarse con un simple cuchillo. Los padres deberían ser conscientes de esto y controlar el consumo de productos azucarados de sus hijos.

 

Su consumo excesivo puede también afectar al comportamiento ya que se han constatado por esa causa síntomas como fatiga, falta de memoria, miedo, pesimismo, nerviosismo, introversión, sueño prolongado, emociones incontroladas y falta de concentración, entre otros”.

 

EDULCORANTES La cada vez más amplia constatación de los problemas que provoca el azúcar ha llevado de hecho a numerosas empresas a eliminarla de sus bebidas sustituyéndola por edulcorantes. José Antonio Campoy recuerda en su libro que hay dos tipos de edulcorantes: los de volumen -de dulzor similar o ligeramente inferior al del azúcar- y los intensos, de potencia muy superior.

Entre los primeros están el sorbitol, el manitol, el isolmalt, el maltitol, el lactitol y el xilitol.

 

“Se encuentran en los vegetales aunque en cantidades muy pequeñas y su absorción intestinal es más lenta -explica Campoy- por lo que la energía que aprovecha el organismo es la mitad de las del azúcar para la misma cantidad ingerida.

 

Pero no dejan de tener un alto contenido energético -son alcoholes- y además si el consumo diario sobrepasa los 20 gramos pueden causar trastornos intestinales -diarrea o flatulencia- por exceso de actividad de la microflora”. En cuanto a los edulcorantes intensos, unos son naturales y otros no.

 

Siendo los más conocidos la sacarina, el aspartamo, los ciclamatos, el acesulfam K, la neohesperidina y la taumatina. Lógicamente, en la actualidad hay empresas que comercializan marcas con una combinación de edulcorantes de volumen e intensivos, artificiales y naturales.

 

Es difícil pues generalizar sobre ellas pero se caracterizan porque no tienen apenas contenido calórico y, por tanto, no engordan, no producen caries y los pueden consumir hasta los diabéticos.

 

Aunque Campoy advierte que “no deben ingerirse más allá de ocho o diez pastillas diarias porque puede provocar retención de líquidos”. Añadiendo:

“Tenga también en cuenta que su capacidad estimulante puede alterar el dintel normal de la sensibilidad de las papilas gustativas de la lengua y crear adicción”. Ahora, bien hay que decir que en ese ámbito existe una notable polémica porque se ha acusado a muchos de ellos de ser cancerígenos.

 

A ese respecto, Campoy explica en su libro: “La inocuidad de la sacarina se cuestionó hace 25 años a causa de un experimento efectuado con ratas en 1977 a las que, tras darlas altísimas dosis, les aparecieron tumores en las vejigas.

 

Sólo que aquellas dosis equivalían a ingerir miles de comprimidos de sacarina diarios en el caso de los humanos

.

A pesar de lo cual la FDA la colocó en la lista de productos a estudiar -jamás fue prohibida- no retirando oficialmente esas reservas hasta 1991.

 

Más de dos decenas de estudios de investigación posteriores confirmarían que no produce cáncer y hoy está aprobada en más de 90 países.

 

Algo similar ocurre con el aspartamo. Actualmente circula por Internet una información titulada “Carta de la Nancy Markle” en la que se asegura que el consumo de este producto -utilizado en sus bebidas tanto por Coca-Cola como por Pepsi-Cola desde hace algún tiempo en lugar del azúcar-puede provocar tal cantidad de síntomas y enfermedades que su propia exageración la descalifica por sí sola.

 

El aspartamo, si uno hace caso a los defensores a ultranza del azúcar que difunden estos mensajes, sería peor que el cianuro. En cuanto a los ciclamatos, permitidos en España y otros muchos países pero aún no autorizado su consumo en algunos, también son acusados de provocar ciertos efectos secundarios y de ahí que en ellos se exijan más investigaciones.

 

También se asegura que el sorbitol, tomado en altas dosis, puede producir problemas digestivos. Algunos expertos entienden, por último, que como algunos edulcorantes son productos químicos de síntesis no son biocompatibles con el ser humano.

 

Por nuestra parte, tenemos claro que su ingesta moderada no causa problema alguno de salud salvo el aspartamo en el caso de los fenilcetonúricos. Ahora bien, el número máximo de comprimidos diarios de cualquier edulcorante que debiera consumirse es de 10-12 porque una cantidad mayor puede provocar retención de líquido”.

 

ACIDULANTES El sabor levemente ácido de las bebidas gaseosas se debe normalmente a los acidulantes que se les añaden.

 

Los más utilizados son el ácido cítrico y, en el caso de las colas, el ácido ortofosfórico, sobre el que, como antes adelantamos, existen inquietantes dudas acerca de su idoneidad en el uso alimentario pues, de hecho, por su alta capacidad corrosiva es el ácido que utilizan los odontólogos para desgastar los dientes sobre los que se va a hacer algún empaste.

 

Y precisamente esa capacidad lo convierte -al igual que el azúcar- en un “ladrón de minerales” como el calcio, el hierro, el magnesio y el sodio -entre otros- como veremos a continuación.

 

Los fabricantes de esas bebidas justifican su uso en el hecho de que el ácido ortofosfórico reduce el pH estomacal, ayuda a controlar el desarrollo de la flora enteropatógena y mejora la digestión de las proteínas vegetales pero lo que no dicen es que, junto con otros ácidos inorgánicos, es utilizado como alternativa de otros ácidos orgánicos mucho menos tóxicos… pero más caros.

 

Hay que añadir que el fósforo y el calcio se encuentran en el organismo en equilibrio por lo que la abundancia o carencia de uno afecta a la capacidad del organismo para asimilar el otro. Así, un exceso de fósforo dificulta la absorción y fijación del calcio -que es eliminado a través de la orina- y, por tanto, puede ocasionar una desmineralización de los huesos, los dientes y los tejidos, algo trascendente a cualquier edad pero especialmente en la infancia y la adolescencia -cuando la persona está en pleno desarrollo- así como en la vejez.

 

De hecho a través de diferentes estudios se ha observado que niños de entre 3 y 15 años que habitualmente consumen estas bebidas presentan una menor densidad ósea que los que no lo hacen. Es más, ya en el año 2000 la ya mencionada publicación Archives of Pediatric and Adolescent Medicine recogía los resultados de una investigación llevada a cabo por la doctora Grace Wyshak -de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard (Estados Unidos)- en el que se puede leer que “para todas las adolescentes que toman bebidas con gas el riesgo de sufrir una fractura ósea se multiplica por tres, riesgo que es hasta 4,95 veces mayor entre las que practican algún deporte e ingieren bebidas de cola (ricas en ácido ortofosfórico) en comparación con las que no consumen estos refrescos”.

 

Es decir, que la desmineralización de los huesos a causa de este ácido puede llegar al punto de que se produzcan fracturas espontáneas sin necesidad de trauma previo. Es más, a la larga ese proceso de descalcificación puede conducir a problemas graves como la osteoporosis y, en general, al reblandecimiento de la estructura ósea del cuerpo.

 

De hecho estudios realizados sobre animales demuestran que la superabundancia de ácido ortofosfórico puede vaciar completamente de calcio los huesos.

 

Se afirma incluso que basta el consumo de una o dos latas de refresco de cola al día durante la infancia -periodo en el que se conforma la estructura ósea- para que en la edad adulta se padezca osteoporosis. Por supuesto, las compañías productoras niegan esos riesgos. Como también niegan, claro está, que el ácido ortofosfórico afecta no sólo a los huesos sino a todo el organismo desde el mismo momento en que es ingerido pues ya al entrar en contacto con los dientes actúa negativamente sobre el calcio que éstos contienen afectando al esmalte.

 

Y cuando los dientes se descalcifican, aunque sea parcialmente, se hacen más vulnerables a las caries.

 

Además el pH de estas bebidas es muy ácido lo que contribuye a la fragilidad de nuestros dientes.

 

Por otro lado, cuando el ácido ortofósfórico llega a la sangre aumenta la acidez de ésta y se altera todo el equilibrio iónico del organismo ya que para volver a reequilibrar su pH tiene que utilizar las sales disueltas en la sangre, especialmente, calcio, magnesio, hierro y sodio.

 

Hecho esto la sangre tiene que volver a recuperar su concentración mineral normal y lo hace recurriendo a los minerales que se almacenan en los huesos y tejidos cartilaginosos en los que pueden empezar a aparecer problemas si no se les devuelve a sus niveles óptimos de mineralización.

 

Hay que agregar que durante el lapso de tiempo que la sangre tarda en volver a una situación normal el cuerpo no puede dar una respuesta eficaz a los mensajes químicos que se producen lo que origina problemas hormonales y nerviosos ya que las células requieren del calcio para actuar como mensajeras de información vital para mantener el funcionamiento del sistema endocrino y de la neurotransmisión.

 

Además, a fin de garantizar el correcto funcionamiento del corazón y los músculos así como la adecuada coagulación de la sangre es imprescindible que los niveles de calcio en sangre se mantengan en niveles adecuados.

 

Otro efecto de desmineralización que presenta el ácido ortofósfórico es la sustracción de hierro.

 

Esto explica por qué los expertos advierten de que el consumo abusivo de bebidas gasificadas de cola puede ocasionar anemia.

 

Por otra parte, la falta de este mineral también produce una reducción de los niveles de hemoglobina -la proteína que permite que el oxígeno llegue a todo el organismo- y, por tanto, las células tienen dificultades para transportar tan vital elemento.

 

Además, cuando se produce un déficit de hierro se altera el sistema inmune y disminuye la capacidad defensiva del cuerpo frente a distintas dolencias. Y en el caso de los niños se ralentiza el proceso de crecimiento y aparecen dificultades en el aprendizaje.

 

El magnesio es otro de los minerales a los que afecta una superabundancia de ácido ortofosfórico en el cuerpo ya que participa en la transformación de los alimentos en energía y en la transmisión de los impulsos eléctricos a través de los nervios y músculos, impulsos que permiten la flexión de éstos y el movimiento. Por tanto, una deficiencia de magnesio puede ocasionar calambres, debilidad muscular y problemas motrices, entre otros trastornos.

 

Otro “afectado” por el ácido ortofosfórico es el sodio que, además, de regular la cantidad de líquido del cuerpo, facilita los impulsos nerviosos y musculares y, junto con el potasio, mantiene la permeabilidad de las paredes celulares, imprescindible para que los nutrientes y otras sustancias involucradas en el metabolismo celular puedan entrar y salir de las células.

 

Terminaremos diciendo que aunque sólo nos hemos detenido en cuatro minerales lo cierto es que otros elementos como el cromo, el vanadio, el zinc y el cobalto son eliminados total o parcialmente por la acción del ácido ortofosfórico lo que obstaculiza o imposibilita multitud de reacciones enzimáticas, de formación de vitaminas y de control de los radicales libres en las que participan estas sustancias.

 

Así, podemos decir de forma muy esquemática que un déficit de cromo puede ocasionar un incremento de las grasas en sangre provocando problemas circulatorios además de alterar el metabolismo de los aminoácidos y de los azúcares, un déficit de vanadio envejecimiento prematuro, problemas de crecimiento en huesos, dientes y cartílagos, limitación en la capacidad reproductora, menor formación de células rojas y un aumento de los niveles de colesterol y triglicéridos, un déficit de zinc inmunodepresión, alteraciones mentales, alteraciones en el sentido del gusto y olfato y alteraciones en la forma y función de los órganos reproductores masculinos y un déficit de cobalto alterar el buen funcionamiento de las células rojas y de gran parte de las funciones que desempeña la vitamina B12.

 

GLUTAMATO MONOSÓDICO (E-621) Esta sustancia, a la que se ha dado en llamar “la nicotina de los alimentos” por su contrastada capacidad adictiva, es otro de los ingredientes de las bebidas con gas. Se trata de un potenciador del sabor que -como recogíamos en la entrevista al catedrático de Fisiología Jesús Fernández-Tresguerres – lo que hace es impedir el buen funcionamiento de los mecanismos inhibidores del apetito y despertar un hambre ansiosa hasta el punto de que incrementa la voracidad en un 40% (al menos así ocurre en las ratas estudiadas en laboratorio) lo que contribuye a agravar el acuciante problema de la obesidad y, más concretamente, de la obesidad infantil.

 

CAFEÍNA Se trata de una de las sustancias psicoestimulantes más poderosas y adictivas. De hecho se encuentra dentro del grupo de los alcaloides xánticos junto con la nicotina, la teína o la cocaína, entre otras.

 

Pues bien, la mayoría de los refrescos de cola la contienen en cantidades considerables y de acuerdo con algunos informes científicos se agrega únicamente para provocar la adicción de los consumidores ya que la cafeína no es necesaria ni para dar sabor, ni para conservar el producto, ni para ninguna otra función que justifique su presencia.

 

Y menos aún si se tienen en cuenta las consecuencias de su consumo pues esta sustancia actúa sobre la corteza cerebral, sobre el bulbo raquídeo e, incluso, sobre la médula espinal.

 

Estimula el sistema nervioso central, aumenta el estado de vigilia y la capacidad para realizar esfuerzos físicos, acelera el ritmo cardiaco, produce vasodilatación periférica y vasoconstricción craneal, estimula la respiración y aumenta la secreción gástrica y la diuresis.

 

Pero también puede provocar náuseas y vómitos, ansiedad, depresión, temblores, dificultad para dormir, confusión mental, problemas de memoria, trastornos gástricos, jaquecas, excitación, doble visión, zumbidos en los oídos, disnea, dolores testiculares, prostatitis y hasta psicosis con delirios y convulsiones.

 

Además aumenta la excreción de calcio a través de la orina y actúa como supresor del apetito lo que puede impedir la adecuada alimentación de los niños y, por tanto, producir retrasos en su desarrollo.

Obviamente la restricción de tomar cafeína será absoluta en el caso de los niños pues sus efectos son mayores por su menor peso corporal y, especialmente, en el caso de los diagnosticados como hiperactivos ya que esta sustancia es un potente estimulante del sistema nervioso central.

 

Por otro lado, se sabe que la cafeína puede interferir en el desarrollo normal del feto y en animales de laboratorio ha demostrado poseer capacidad de desarrollar defectos congénitos como malformaciones del paladar, ausencia de dedos y deformidades del cráneo.

 

En cuanto a las bebidas “sin cafeína” tenga en cuenta que no contienen cafeína -o no tanta como un refresco de cola normal- pero suelen presentar mayor cantidad de azúcar blanca que las cafeínicas por lo que sus hipotéticas ventajas quedan así neutralizadas.

 

OTROS ADITIVOS Cabe añadir que también con los antioxidantes más comunes que se emplean en las bebidas carbonatadas hay problemas.

 

Son los casos del butilhidroxitolueno (bht) ya que produce alergias y afecciones hepáticas, del butilhidroxianisol (bha) al que se relaciona con distintos tipos de reacciones alérgicas y alteraciones en la relación lípidos-colesterol y del lactato sódico que produce flatulencias, diarreas e intolerancias alimentarias.

Otro aditivo, en este caso de los refrescos de cola, es la nuez de cola, rica en cafeína que se libera lentamente prolongando su efecto y potenciando la capacidad estimulante de la mezcla total.

 

Aumenta la secreción gástrica y la actividad motriz.

 

Sus riesgos son los mismos que los de la cafeína. Y también se emplea en ellos el caramelo de sulfito amónico o Col 150d, un colorante que además de aumentar el nivel global de azúcar en sangre es potencialmente muy dañino al contener sulfitos; de hecho, desde hace más de 20 años su uso está prohibido por la FDA norteamericana por su “probado carácter tóxico” y provocar, entre otras reacciones, ataques de asma.

 

…Y MUY ADICTIVOS Terminamos explicando que la Asociación Dental Americana, la Asociación Dietética Americana y miles de maestros, pediatras, asociaciones de padres, etc., de Estados Unidos solicitaron formalmente al Gobierno norteamericano la prohibición de los refrescos azucarados con gas -y especialmente de los de cola- en todas las escuelas públicas del país.

 

Petición que se basó en los contundentes datos que han aportado las investigaciones realizadas por expertos de todo el mundo alertando sobre la peligrosidad a determinadas edades del consumo abusivo de estas bebidas ya que hacen aumentar de forma brusca los riesgos de padecer obesidad y diabetes, entre otras muchas dolencias. Y aunque es la lucha de David contra Goliat no sólo al otro lado del océano se han empezado a dar los primeros pasos: a este lado también pues el pasado mes de noviembre el Reino Unido prohibió la promoción de las bebidas gaseosas en horario infantil por considerarlas nocivas para los niños.

 

No sucede así en nuestro país pues aunque el Ministerio de Sanidad y Consumo ha iniciado una lamentable campaña contra la obesidad infantil -por ser demagógica y estar pésimamente planteada- entre los frentes abiertos -que sí incluye a los vendedores de hamburguesas XXL y pizzas- no se encuentra la todopoderosa industria de la bebida refrescante y no se prevén acciones o normativas encaminadas a concienciar del peligro de abusar de estas bebidas. Hay muchos intereses en juego.

 

Demasiados quizás como para escuchar a los expertos que, además de todo lo dicho, denuncian que esta industria convierte a sus consumidores en auténticos adictos.

 

Por tanto, enmendemos la plana al Ministerio y advirtamos desde estas páginas de que el consumo abusivo de refrescos con burbujas -sobre todo los de cola- “perjudica seriamente la salud”. Se trata de un hecho contrastado al que deberían prestar especial atención quienes estén al cuidado de niños y/o adolescentes, los más vulnerables a sus nocivos efectos.

 

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Autor: nutricelldemexico

Especialista en Biocibernética, Nutrición Ortomolecular y Nutrición Celular

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